La contaminación con químicos alcanza a un 69% de las aguas subterráneas del planeta

La contaminación de las aguas del planeta ha llegado a un nivel alarmante. Un estudio recientemente publicado por la revista científica Nature Geoscience ha revelado que cerca de un 70% de las aguas superficiales y subterráneas del mundo se encuentran contaminadas por sustancias químicas persistentes conocidas como PFAS (por las siglas en inglés para Sustancias Deperfluoroalquiladas y Polifluoroalquiladas). 

Utilizadas a diario para la elaboración de cientos de productos desde la década de 1950, esta clase de químicos puede hallarse comúnmente en objetos de uso cotidiano como ropa, cosméticos, utensilios de cocina, envases, insecticidas y hasta artículos industriales como espumas antiincendios. Pero debido a su composición, pueden generar un verdadero riesgo tanto para la salud humana, como para el medioambiente.

La contaminación eterna de las aguas del planeta

Los PFAS tienen una característica principal que los ha vuelto omnipresentes en la vida moderna: tras ser liberados, tienen una vida útil indefinida que los vuelve extremadamente resistentes. Este “beneficio” industrial, los hace invulnerables ante el calor, al agua y las manchas. Pero lo que puede verse como algo positivo para elaborar productos de uso diario, se convierte en una maldición para el medioambiente. 

Y es que, una vez en la atmósfera, estos químicos pueden perpetuarse en ella, acumulándose en los ecosistemas acuáticos y amenazando la salud humana y la biodiversidad del planeta. Es por eso que organizaciones ambientalistas como Greenpeace o The Nature Conservancy vienen luchando porque los gobiernos de todo el mundo tomen medidas urgentes para restringir su uso. 

A medida que se acumulan pruebas sobre los efectos perjudiciales de los PFAS para la salud humana y el medioambiente, se vuelve imperativo que los gobiernos y, especialmente, las industrias adopten regulaciones más estrictas en la elaboración de esta clase de productos. Además, es importante que la sociedad se involucre ejerciendo prácticas de consumo más responsables para hacer frente a esta amenaza invisible.

¿Qué pueden provocar los PFAS en la salud humana?

Si bien sus efectos a corto y largo plazo continúan siendo investigados, diversas instituciones de salud pública han relacionado a los PFAS con problemas de salud como disminución de la función renal, menor peso en los recién nacidos o niveles más altos de colesterol, entre muchos otros. Pero además, teniendo en cuenta que en muchas comunidades la calidad del agua no se controla con asiduidad, su presencia en el suministro puede ocasionar graves riesgos para la salud pública.

Por si esto no fuera suficiente, en el año 2023, la Organización Mundial de la Salud (OMS) declaró que al PFOA, un tipo de PFAS, como un carcinógeno humano de categoría uno. Esto fue respaldado por diversos estudios científicos que han vinculado la exposición a PFAS con el cáncer de riñón, el de hígado o el de testículos.

Estándares diferentes para el mismo veneno

Para llevar a cabo el estudio, un grupo de expertos de la Universidad de Sídney evaluó más de 270 investigaciones realizadas a lo largo de las últimas dos décadas. Mediante el análisis de más de 45 mil muestras de aguas superficiales y subterráneas lograron detectar la presencia de 14 mil tipos diferentes de PFAS en el 69% de ellas. 

En algunos embalses australianos, especialmente en áreas donde se habían utilizado espumas contra incendios en el pasado, los expertos hallaron niveles más altos de contaminación. Para evaluar estos niveles utilizaron dos criterios diferentes. Por un lado, el de Estados Unidos, donde las regulaciones sobre PFAS son menos estrictas: un 32% de las muestras de agua tenían niveles de corrupción más altos de lo permitido. 

En una segunda instancia, compararon las muestras con el índice de peligrosidad utilizado en Canadá (mucho más exigente que el estadounidense). En este caso, el 69% de las muestras alcanzó un nivel alarmante de contaminación. Estas diferencias de criterios demuestran la necesidad de políticas de monitoreo mucho más rigurosas para proteger a la población de estos químicos potencialmente mortales.