El plástico, el frente más visible del cuidado de los océanos

El plástico, el frente más visible del cuidado de los océanos

Llegó al punto más hondo del mar y, de seguir el ritmo, en una década competirá con los peces.

A diez mil metros bajo la superficie, donde no llega la luz y la presión aplastaría a casi cualquier organismo, descubierto restos de plástico. Documento de las Naciones Unidas esa profundidad como uno de los puntos donde ya se hallaron residuos, dentro de un cálculo más amplio: cerca de 8millones de toneladas de plástico se vierten al mar cada año. El dato sirve como termómetro del problema y como punto de partida para entender por qué el cuidado de los océanos pasa, antes que nada, por este material. 

El plástico es el frente más visible porque se ve. Flota, se enreda, llega a las playas. Pero la parte que preocupa es la que no se nota.

Del envase de minutos al residuo de siglos

La paradoja del plástico de un solo uso esta en su nombre. Botellas, envases, bolsas y sorbetes se usan por minutos y después contribuyen a una contaminación capaz de destruir ecosistemas y poner en peligro la vida marina. Un objeto pensado para descartar termina durando más que quien lo nosotros. Luna fauna paga la diferencia. Animales que confunden fragmentos con comida, otros que quedan atrapados, cadenas alimentarias que arrastran esos restos hacia arriba. El plástico no desaparece: se fragmenta, se reparte y se queda.

Clima y mar: la cara menos visible del cuidado de los océanos

El océano absorbió el 90% del calor sobrante del planeta. Ese favor tiene factura.

Mientras la conversación sobre el clima mira a la atmósfera, una parte enorme del calentamiento se fue para abajo, al agua. En la última mitad del siglo, los océanos absorbieron el 90% del exceso de calor generado por la quema de combustibles fósiles. Sin esa absorción, el aumento de temperatura en tierra sería bastante peor. El dato cambia la forma de pensar el cuidado de los océanos: no se trata solo de lo que tiramos al mar, sino de lo que el mar hace por nosotros sin que lo veamos. 

Una esponja térmica del tamaño del planeta.

El océano funciona como regulador climático por una cuestión de escala. Cubre más del 70% de la superficie terrestre y está interconectado con todo, desde los patrones climáticos globales hasta los sistemas que producen alimentos. Esa masa de agua amortigua los picos de temperatura y reparte el calor por el globo. 

El servicio es gratuito y silencioso. También tiene un límite, y ahí empieza el problema.

Aguas más cálidas, peces que se mudan

El calor absorbido no se evapora: queda en el agua y la transforma. Las aguas más cálidas alteran dónde nadan los peces, modifican la reproducción de las especies marinas, aceleran la suba del nivel del mar e influyen incluso en los fenómenos meteorológicos en tierra firme. 

Cada uno de esos efectos arrastra a otros. Si los peces se desplazan, las pesquerías que dependían de ellos se quedan sin recurso. Si sube el nivel del mar, las costas habitadas quedan expuestas. El mar caliente no es un problema marino: vuelve a tierra por varias puertas.

La huella de carbono que empieza en el vivir.

Aquí está la conexión que rara vez se hace explícita. Lo que calienta el océano es, en buena medida, la energía que se quema en la tierra. Reducir esa quema, entonces, es cuidar el mar desde lejos.

Los gestos son los mismos que ya se piden para el clima, leídos ahora en clave marina. Apagar luces, desconectar aparatos que no se usan, ajustar el termostato, ir al trabajo a pie o en bicicleta y reclamar opciones de energía renovable en la comunidad. Cambie a bombillas de bajo consumo y use menos el auto suman en la misma dirección. 

El favor que se está cobrando

Hay algo de injusto en el rol del océano. Nos protege del calentamiento absorbiéndolo y, por absorberlo, se deteriora. Cuanto más combustible fósil quemamos, más calor le entregamos al mar, y más rápido se rompe el equilibrio que lo regresó un buen amortiguador.

La factura ya empezó a llegar en forma de aguas más cálidas y especies que se mueven. El margen para frenar la cuenta está en cada decisión energética cotidiana, mucho antes de que el problema toque la costa.