Cómo proteger los océanos del plástico, el calor y la acidez que los empujan al límite

Cómo proteger los océanos del plástico, el calor y la acidez que los empujan al límite

Un mar que recibe millones de toneladas de plástico al año, se calienta a niveles récord y pierde un tercio de sus peces define qué presiones hay que frenar primero.

El océano está en estado de emergencia, y los datos lo dicen sin matices. La contaminación trepa, el agua se calienta a niveles récord y más de un tercio de las poblaciones mundiales de peces ya desapareció por la sobrepesca. Plantear cómo proteger los océanos exige, antes que nada, mirar de frente las tres presiones que más rápido los degradan: los residuos, el clima y la explotación pesquera.

El plástico encabeza la lista. La Organización de las Naciones Unidas estimó que más de 17 millones de toneladas métricas contaminaron el océano en 2021, y proyecta que esa cifra se duplique o triplique para 2040 . Cada año, además, llegan al mar entre 5 y 12 millones de toneladas de plástico, con un costo cercano a los 13.000 millones de dólares anuales entre limpieza y pérdidas para la pesca y otras industrias. Cerca del 89 % de los residuos plásticos encontrados en el fondo marino son artículos de un solo uso, las bolsas a la cabeza.

Lo que no se ve también mata

Detrás de las botellas y bolsas visibles avanza una amenaza más sigilosa. Los microplásticos —fragmentos de menos de 5 milímetros— se desprenden de cosméticos, geles y fibras de la ropa sintética, y entran al mar por el agua que sale de los hogares. Los ingiere el zooplancton, después los peces, y suben por la cadena trófica hasta el pescado que llega a la mesa. El residuo regresa, así, al organismo que lo produjo. Una sola botella, mientras tanto, tarda unos 500 años en degradarse: nada de lo que se tira hoy se va pronto.

Un mar que hierve y se agria

El segundo frente es climático. El océano absorbe alrededor del 90 % del exceso de calor de la atmósfera y cerca del 23 % de las emisiones humanas de CO2. Ese trabajo silencioso tiene consecuencias visibles: olas de calor marinas cada vez más extensas y el blanqueamiento masivo de los arrecifes de coral en todo el mundo. El calentamiento del agua ya alcanza marcas históricas.

A la fiebre se suma la acidez. Al disolver tanto dióxido de carbono, el agua bajó su pH hasta un valor medio de 8,1 , casi un 30 % más ácido que antes de la industrialización. La acidificación amenaza la supervivencia de innumerables especies, desordena la cadena alimentaria y erosiona la seguridad alimentaria de las comunidades que viven del mar. Es un cambio químico de fondo, no un episodio de pasajero.

La pesca que se viene a sí misma

El tercer frente es la sobreexplotación. La sobrepesca ya hizo desaparecer más de un tercio de las poblaciones de peces del planeta, y persiste la pesca ilegal, no declarada y no reglamentada. Cuando una especie se desploma, el efecto se propaga: la caída de una arrastra a otra, y el ecosistema entero se reordena a la baja.

Algunas especies cargan con la peor parte. El tiburón , la merluza blanca , el bacalao del Atlántico y el pez espada figuran entre las más castigadas. La presión no se limita al pescado de consumo: la caza histórica de ballenas llevó a la ballena azul al borde de la extinción a comienzos del siglo XX, y aunque está prohibida desde los años ochenta, todavía hay capturas bajo el rótulo de la investigación científica.

Frenar lo que se puede frenar

Ninguna de estas presiones es una fatalidad. La contaminación marina por plásticos, el blanqueo de corales y el colapso de pesquerías tienen causas identificables y reversibles: menos plástico de un solo uso, menos emisiones, reglas de pesca con base científica. La ONU advierte que los esfuerzos actuales no van a la velocidad ni a la escalada que la situación reclama, y ​​que hace falta una acción coordinada a nivel global.

El reloj corre con una fecha cómoda al frente. Si la tendencia del plástico se mantiene, la masa de residuos en el mar podría triplicarse en menos de dos décadas. Esa proyección a 2040 es, hoy, la vara contra la cual se medirá si las medidas llegaron a tiempo o tarde.