
El 10 de abril de 1963, con 129 hombres a bordo y a 2.500 m de profundidad, desapareció el submarino atómico norteamericano Thresher, durante una inmersión de prueba frente al cabo Cod. A causa de la importancia estratégica del Thresher, se pusieron en servicio todos los medios disponibles en la época para encontrarlo. Sin embargo, sólo más de cuatro meses más tarde, el 23 de agosto, el batiscafo Trieste, comprado por la Armada norteamericana al sabio suizo Augusto Piccard en 1958, pudo ubicar exactamente y explorar los restos del submarino.
Tres años más tarde, el 17 de enero de 1966, durante un reabastecimiento en vuelo, dos aparatos del Strategic Air Command, la “fuerza de ataque” norteamericana, chocaron entre sí a 9.000 m de altura sobre la aldea española de Palomares. Uno de los aviones, un B25, trasportaba cuatro bombas atómicas. Tres de ellas fueron rápidamente halladas en tierra; desgraciadamente, Ia cuarta se había perdido en el mar y después de largas búsquedas y múltiples tentativas, pudo ser recuperada el 7 de abril gracias a dos submarinos, el Alvin y el Aluminat, a un aparato telecomandado, el CURV, y a un buque balizador, el Mizar equipado por la US Navy* con motivo del accidente del Thresher. Algunos años más tarde el Mizar localizó el naufragio del submarino atómico francés Eurydice, cuyos restos pudo explorar enseguida el batiscafo Archimede. En cuanto al Alvin, se hundió en octubre de 1968 durante una maniobra de recuperación y fue reflotado en agosto de 1969 por el Aluminat, con ayudar del Mizar.
En 1974, el Alvin participó con el Archimede en la operación FAMOUS. La desaparición del Thresher y el accidente de Palomares iban a alentar esfuerzos suplementarios de investigación en el orden de la tecnología marina, factor esencial de la explotación de los océanos que cumple, en efecto, dos papeles muy importantes. Por una parte, permite el pasaje del descubrimiento científico a la valorización económica y por la otra provee a la investigación científica de medios más eficaces para observar y medir los fenómenos oceánicos. Inicialmente, la “ingeniería oceánica” se benefició con las investigaciones emprendidas con fines militares, lo mismo que, por rebote, con la tecnología espacial. En efecto, a partir de mediados de la década del sesenta, ciertas compañías aeroespaciales norteamericanas comenzaron a preparar una reconversión que más tarde sería inevitable a causa de la declinación de los programas espaciales. Es así como, con mayor o menor éxito, estas compañías han tratado de aplicar ciertos desarrollos tecnológicos a la exploración de los océanos.
En cuanto a las técnicas de explotación en particular para la producción del petróleo submarino derivaron de las técnicas terrestres. Sin embargo, evolucionaron con rapidez y paulatinamente adquirieron una personalidad propia. Entre los progresos tecnológicos que permitieron la exploración y la explotación de los océanos algunos, como la penetración del hombre bajo el mar, merecen una atención particular. El buceo, humano o por medios mecánicos, fue en su origen una obra de pioneros valientes, que enseguida se desarrolló y perfeccionó con fines militares. Por lo contrario, los progresos espectaculares obtenidos recientemente fueron suscitados por el desarrollo de la explotación del petróleo submarino que constituye en la actualidad el eje del mercado del buceo. La compañía francesa COMEX (Compagnie maritime d’Expertise: Compañía Marítima de Peritaje) posee hasta hoy el record mundial de buceo simulado, con una profundidad de 610 m. Además, la COMEX ha obtenido éxito con una experiencia de trabajos submarinos a 250 m de profundidad. Se trata, sin embargo, de records, y que el término medio de los buceos de intervención se cumple en algunas decenas de metros, con «puntas” de 150o 200 m. En enero de 1960 el batiscafo Trieste alcanzó la profundidad de 11.000 m en la fosa de Las Marianas, frente a Guam, pero la mayoría de los buceos por medio de artefactos se hacen generalmente a menos de 1.000 m. La experiencia FAMOUS, que se desarrolló a 2.800 m de profundidad, constituyó una hazaña notable en el campo del buceo de este tipo.
Otros progresos, quizás menos espectaculares, representaron un papel importante en el impulso de la oceanografía. La puesta a punto de instrumentos como el Sonar o las cámaras fotográficas submarinas permitió observar los fondos marinos a partir de la superficie. La utilización de sistemas de navegación muy elaborados, a menudo con ayuda de satélites, permite conocer la posición de un buque con errores de pocos metros. Las campañas de la nave norteamericana Glomar Challenger, en el marco del Deepsea Drilling Project* posibilitaron el dominio de las perforaciones en aguas profundas. Así fue como el Glomar pudo realizar perforaciones y exitosas “reintroducciones”’ a varios millares de metros bajo el agua.
En fin, el desarrollo de la observación espacial dio una nueva dimensión a la oceanografía. Durante los últimos años, varios satélites “embarcaron” experimentos oceanográficos. El estudio de los océanos figuraba igualmente entre las tareas inscritas en los programas Apolo y Skylab. Se dará un nuevo paso en 1978 cuando la NASA proceda a lanzar el SEASAT, primer satélite “enteramente” oceanográfico.
