El valor crucial de la pesca artesanal ante la crisis de los océanos

 El valor crucial de la pesca artesanal ante la crisis de los océanos

El impacto que tiene la pesca en pequeña escala sobre la salud de los océanos y sobre millones de personas suele pasar desapercibido, aunque su aporte sea enorme. Investigaciones recientes estiman que casi 492 millones de personas dependen de esta actividad para subsistir, un número que sorprende por su magnitud. En paralelo, alrededor de 60 millones trabajan directamente en ella, lo que representa la abrumadora mayoría del empleo pesquero global. Y hay un dato que quizá se menciona poco: cerca del 40% de quienes participan en estas tareas son mujeres. Las comunidades dedicadas a la pesca artesanal sostienen la alimentación y los ingresos de regiones enteras, pero también cuidan del mar y del clima de formas que a veces parecen invisibles. Lo hacen apoyándose en prácticas heredadas y técnicas de bajo impacto que, al mismo tiempo que abastecen al mundo, preservan especies, hábitats sensibles y hasta ecosistemas clave para mitigar el calentamiento global, como los manglares que retienen carbono. Aun así, esas mismas comunidades, tan esenciales para el equilibrio marino, terminan expuestas de manera directa a los procesos que deterioran el océano, algo sobre lo que ya han advertido organizaciones ambientalistas como Greenpeace.

Presión creciente sobre las comunidades costeras

En distintos puntos del planeta, desde el extremo austral de América hasta costas africanas y asiáticas, quienes viven de la pesca artesanal lidian con tensiones cada vez más fuertes. En la Patagonia chilena, por ejemplo, la expansión acelerada de la industria salmonera está contaminando las aguas, afectando a las especies locales y empujando a los pescadores tradicionales fuera de sus zonas históricas, todo mientras se alimenta una demanda mundial de productos derivados del pescado. Algo parecido ocurre en Senegal y en la franja atlántica africana, donde las grandes plantas dedicadas a la producción de harina y aceite de pescado están vaciando las zonas cercanas a la costa, lo que agrava la inseguridad alimentaria y erosiona oficios que llevan generaciones. En Tailandia, la combinación de captura excesiva y actividades ilegales ha reducido drásticamente las poblaciones costeras de peces, justo cuando aparecen megainiciativas industriales que complican aún más el panorama. Y entre Sri Lanka e India, una serie de accidentes marítimos ha dejado daños profundos tanto en el ambiente como en la vida social y económica de las comunidades afectadas. Todo esto ocurre mientras el cambio climático intensifica fenómenos que golpean, sobre todo, a quienes viven en la costa: aumento del nivel del mar, olas de calor más agresivas, ciclones y pérdidas de áreas de pesca o de actividades turísticas.

Advertencias que llegan desde las comunidades

Voceros de distintas regiones han expuesto estas amenazas con preocupación. Selvaratnam Dilaxan, fundador de Happy Voice Hub e integrante de la comunidad de Mannar Pesalai, en Sri Lanka, comentó que la degradación de especies marinas vulnerables y el colapso de ecosistemas oceánicos esenciales avanza con una rapidez inquietante, algo que pone en riesgo tanto la salud del mar como la continuidad de quienes dependen de él. Piya Thedyam, quien preside la Federación de Asociaciones de Pescadores de Tailandia, remarcó que los recursos acuáticos son un bien compartido por todas las personas, aunque nadie debería tener la potestad de comprometer su futuro al explotar peces jóvenes o especies aún en desarrollo. Abdou Karim Sall, responsable del Comité de Gestión del Área Marina Protegida, advirtió que, si no se actúa pronto, el océano podría transformarse en un espacio casi vacío, una especie de desierto líquido donde antes había vida abundante.

Un sistema industrial que deteriora el océano y sus comunidades

Lo que sucede en regiones alejadas una de otra comparte un patrón reconocible: la explotación industrial del océano deja impactos severos tanto en el ambiente como en las personas. No se trata de casos aislados, sino de expresiones distintas de un mismo tipo de presión sobre los ecosistemas marinos y sobre quienes dependen directamente de ellos. La pesca a gran escala, la conversión de especies en productos industriales y el avance de proyectos de alto impacto suelen desplazar a las comunidades artesanales, que quedan relegadas frente a intereses económicos mucho más grandes.

El rol central de la pesca artesanal en la defensa del mar

A pesar de estas dificultades, los pescadores en pequeña escala y los movimientos costeros muestran, en prácticamente todos los países, que forman parte indispensable de la respuesta. Muchos de ellos trabajan para recuperar el control de sus aguas, evitar que la actividad industrial desplace a las poblaciones de peces, promover decisiones de manejo más transparentes y fortalecer oficios que puedan persistir en el tiempo sin degradar el entorno. Su conocimiento del mar, basado en prácticas sostenidas durante generaciones, aporta herramientas valiosas para conservar la diversidad y el equilibrio de los ecosistemas.

Un océano sano sostenido por quienes lo cuidan

La información y la experiencia que guardan estas comunidades resultan esenciales para proteger un océano del que depende toda la humanidad. No es una frase hecha: la mitad del oxígeno que respiramos proviene de procesos biológicos que ocurren en el mar. Además, el océano modula el clima y permite que miles de millones de personas accedan a alimentos que de otro modo faltaría. Por eso, sostener a quienes cuidan y entienden estos ecosistemas no es solo una cuestión local o sectorial, sino un asunto global que atraviesa la vida cotidiana de todas las sociedades.