
El Ahu Tongariki, el sitio patrimonial más icónico de Rapa Nui, donde se alinean 15 moais frente al océano, podría padecer las consecuencias del cambio climático en solo 55 años. La investigación, liderada por el pascuense Noah Paoa, utilizó modelos computacionales para proyectar distintos aumentos del nivel del mar tomando en cuenta los efectos del calentamiento global y la crisis climática.
Los resultados muestran que este sitio arqueológico, símbolo de la identidad y la historia de la isla, podría sufrir daños irreversibles si no se toman medidas urgentes para mitigar las emisiones de gases de efecto invernadero alrededor del planeta.
Lamentablemente, la amenaza no se limita solo a Ahu Tongariki, sino que otros sitios patrimoniales costeros de la isla podrían verse afectados antes de 2080, poniendo en riesgo a moais, plataformas y enterramientos históricos. Por este motivo, los investigadores han advertido sobre la necesidad de que los científicos y la sociedad trabajen juntos para diseñar nuevas estrategias de protección.
De acuerdo con miembros de organizaciones ambientalistas como Greenpeace Chile, esto es solo una muestra más de cómo la crisis climática no solo impacta a los ecosistemas y a la población, sino que también pone en riesgo la memoria cultural y la identidad de los pueblos. Teniendo en cuenta que el turismo es una de las mayores fuentes de ingreso de la comunidad local, es fundamental que las autoridades tomen cartas en el asunto lo antes posible.
Los impactos del cambio climático en la cultura de la Isla de Pascua
El daño que sufrirán los moais afecta directamente la conexión de la población de la isla con su herencia cultural. Los habitantes de Rapa Nui dependen de estos sitios no solo para reafirmar su identidad, sino también mantener a flote aquellas actividades económicas relacionadas con el turismo, como guías, hospedajes y artesanías.

Además, la pérdida de este patrimonio cultural impactará en la educación y afectará la transmisión cultural de la historia. Las nuevas generaciones podrían crecer sin la posibilidad de disfrutar de historia tangible de sus ancestros, lo que su vez puede afectar la continuidad de rituales y otras prácticas tradicionales asociadas a los moais y la cosmovisión Rapa Nui.
¿Cómo mitigar los efectos de la suba del nivel del mar?
Para proteger los moais, los investigadores proponen distintas estrategias. Entre ellas se encuentra la relocación de las estatuas hacia terrenos más altos, lejos del alcance de las olas, así como la construcción de rompeolas y barreras costeras que reduzcan la fuerza del oleaje. Otra alternativa es restaurar los ecosistemas naturales, como los arrecifes de coral y la vegetación costera para que estos vuelvan a cumplir su función ecológica de protección del litoral.
Sin embargo, cualquiera de estas medidas tiene riesgos y limitaciones. Mover los moais podría hacer que resulten dañados, mientras que las estructuras artificiales requieren mantenimiento constante y podrían impactar negativamente en el entorno natural. Por eso, los expertos recomiendan una estrategia que combine diferentes acciones, siempre que sean sostenibles y respetuosas de la cultura local.
Plástico: una crisis que agrava los problemas
Además del aumento del nivel del mar, Rapa Nui se enfrenta a otra crisis ambiental: la contaminación por plásticos. Cada año, aproximadamente 4,4 millones de objetos de basura llegan a la isla. En su mayoría se trata de microplásticos que ingresan a la cadena alimenticia de peces y aves, generando impactos directos sobre la salud humana y la biodiversidad.

Diversas investigaciones publicadas en la revista científica Nature han revelado que el 70% de estos plásticos proviene de Chile y Perú. Pero los fragmentos más grandes son resultado de la pesca integral. Esto es una evidencia clara de cómo la contaminación continental y local pueden afectar la seguridad alimentaria y la economía local, basadas en la pesca y el turismo respectivamente.
Un ejemplo concreto es el de la macarela mejicana, una especie muy consumida en la isla. Los análisis realizados por expertos demostraron que el 80% de los ejemplares capturados contenía plásticos, especialmente fragmentos de polietileno azul que los peces confunden con su alimento natural.
