Barco de Greenpeace con una paloma blanca y franjas arcoíris navegando en el mar al amanecer.
El Witness, buque de Greenpeace, navega al amanecer portando el emblema de la paz y los colores de la diversidad.

Océanos: mucho más que agua salada

Los océanos son los pulmones invisibles del planeta. Los científicos estiman que en ellos se produce más del 50% del oxígeno que se respira en la Tierra. Pero además, tienen la capacidad de capturar casi un tercio de los gases de efecto invernadero generados por actividades humanas como las industrias, el transporte, la ganadería o la agricultura. 

Por si todo esto fuera poco, también absorben el 90% del exceso de calor causado por el cambio climático. Por este motivo, su salud resulta clave para poner un verdadero freno al calentamiento global y evitar sus peores consecuencias (sequías, inundaciones, incendios forestales, etc.).

Pero a pesar de que cubre el 71% de la superficie del planeta, solo un 1% de las aguas internacionales se encuentra protegida. Esto pone en riesgo de extinción a las más de un millón de especies que lo habitan (3/4 partes de ellas aún desconocidas por el ser humano). Muchas de las especies que sí se conocen cumplen funciones ecológicas irremplazables.

Por eso, la pérdida de biodiversidad marina pone en riesgo la salud de millones de personas y el equilibrio climático de todo el planeta. Pero además, es una amenaza para la seguridad alimentaria de ¡más de 3 mil millones de personas que dependen del océano para alimentarse o conseguir su sustento! 

Océanos al límite ¿Cuál es la principal causa? 

Todos los problemas que padecen los océanos del planeta tienen una misma raíz: la sobreexplotación impulsada por industrias que anteponen el lucro al cuidado del medioambiente. La pesca industrial no solo vacía los mares a un ritmo insostenible, sino que con métodos como la pesca de arrastre, arrasa con los ecosistemas marinos. 

Mientras tanto, ha aparecido una nueva amenaza: la minería submarina, que busca perforar los fondos marinos en busca de minerales que “supuestamente” serán claves para la transición energética. ¿Lo paradójico? Los impactos de esta actividad extractiva (que aún no se conocen al 100%) terminarán causando más daños que beneficios. 

Por otro lado está la exploración y explotación de combustibles fósiles en altamar. Las plataformas petroleras offshore ponen en riesgo no solo a miles de especies marinas, sino también a los arrecifes y las costas. A esto se suma el vertido de residuos tóxicos y los derrames de petróleo que atentan contra la biodiversidad marina. 

Finalmente, la contaminación plástica, ¡que ya ha formado islas de basura del tamaño de países enteros! Por todos estos motivos, organizaciones ambientalistas como Greenpeace Argentina siguen luchando para que se apruebe el Tratado Global de los Océanos, una normativa internacional que podría poner un freno a las políticas extractivistas. 

La última oportunidad de salvar los océanos

En 2023, se logró una victoria clave en la lucha por proteger los océanos: la aprobación del Tratado Global. Este acuerdo internacional busca proteger el 30% de las aguas internacionales antes del 2030, creando áreas marinas protegidas y estableciendo reglas claras para su uso sostenible. Si se aprobara, sería el primer marco legal en regular lo que pasa más allá de las jurisdicciones de cada país. 

Por ejemplo, dispone la obligación de realizar estudios de impacto ambiental antes de que nuevas actividades extractivas se lleven a cabo. También determina que los países deben cooperar en el uso de tecnología sostenible y que las zonas protegidas se declaren por una mayoría, y no como ahora que basta el veto de un solo país para evitarlo. 

Pero para que esta normativa entre en vigencia, necesita ser ratificada por al menos 60 naciones de las 84 que lo adoptaron en 2023. Hasta el momento, solo 49 mandatarios pusieron su firma. Javier Milei, el presidente de todos los argentinos, es uno de los que todavía se resisten a proteger los océanos. 

Argentina debería liderar con el ejemplo

Con más de 5 mil kilómetros de costa y una zona económica exclusiva rica en biodiversidad marina, la Argentina debería estar a la vanguardia de las políticas de protección oceánica. Sin embargo, continúa demorándose en firmar el tratado. Esta demora no solo impide la creación de áreas protegidas, sino que aún imposibilita que los científicos del país puedan avanzar en la investigación de estas zonas para garantizar la pesca sostenible en ellas. 

Y si bien el país cuenta con herramientas como el Sistema Nacional de Áreas Marinas Protegidas, en la actualidad, por falta de presupuesto, no se está implementando como lo establece la ley. Por eso, la ratificación del Tratado permitiría recibir apoyo técnico y financiero que aseguren el futuro del mar argentino.