Cola de ballena franca austral en el mar al atardecer con el sol en el horizonte.
La silueta de una ballena franca austral despidiéndose del día en aguas patagónicas.

 El doble filo de los acuerdos oceánicos y la muerte de ballenas en Chile

Chile se ha convertido en un referente internacional en la firma de tratados que buscan proteger los ecosistemas marinos. Fue el primer país de América Latina en ratificar el Tratado Global de los Océanos, lo que en principio representa un compromiso significativo con la salud del planeta. Sin embargo, al mismo tiempo, lidera otra estadística mucho menos alentadora: es el país con más ballenas muertas por colisiones con embarcaciones. Esa contradicción fue señalada con fuerza por Greenpeace, que exige acciones concretas para proteger a estos cetáceos, en especial en el sur del país.

Contradicciones entre discursos acciones

La organización ambientalista Greenpeace Chile señaló que hay un desajuste entre la imagen que el país proyecta en foros internacionales y lo que efectivamente ocurre en su territorio. Si bien se celebran tratados en defensa de los mares, las industrias siguen operando sobre rutas migratorias de ballenas. Esta situación, afirman, constituye un doble estándar ambiental que produce consecuencias concretas para la biodiversidad marina.

Según el Servicio Nacional de Pesca y Acuicultura (Sernapesca), entre los años 2009 y 2022 se documentaron 158 varamientos de ballenas en Chile, casi la mitad ocurridos en la Patagonia, específicamente en las regiones de Los Lagos, Aysén y Magallanes. A esto se suma una investigación publicada en la revista Marine Policy, que concluyó que el 28 % de los varamientos entre 1972 y 2023 estaría vinculado de manera directa o probable a colisiones con embarcaciones.

Industrias que avanzan incluso sobre áreas protegidas

En los últimos seis meses, tres ballenas fueron halladas muertas dentro de zonas que cuentan con algún tipo de resguardo ambiental. Los casos se registraron en el Seno Glacier, dentro de la Reserva Nacional Kawésqar, y en el Parque Nacional Laguna San Rafael. Ambas áreas están ubicadas en el sur de Chile y tienen un alto valor ecológico. A pesar de ello, están rodeadas por centros de producción salmonera, cuya actividad genera tráfico marítimo frecuente y eleva el riesgo de colisiones.

Además del peligro físico que representan las embarcaciones, las ballenas enfrentan otra amenaza: la contaminación acústica. El ruido generado por motores y maquinaria interfiere en su capacidad de orientarse, comunicarse y detectar peligros. En un entorno donde los sentidos auditivos son vitales para la supervivencia, este tipo de contaminación altera por completo su comportamiento.

Un corredor vital para las ballenas del planeta

Chile se encuentra en un lugar estratégico dentro del mapa mundial de las ballenas. Aproximadamente el 46 % de todas las especies conocidas de cetáceos utilizan aguas chilenas en sus rutas migratorias. Esto convierte al país en un corredor crítico para su supervivencia. Además de su importancia biológica, las ballenas cumplen funciones clave en el ecosistema marino: al desplazarse, ayudan a distribuir nutrientes, fertilizan los océanos y colaboran en la captura de carbono.

La vocera de Greenpeace Chile, Silvana Espinosa, advirtió que no basta con firmar tratados si en la práctica no se protegen zonas esenciales como el Golfo de Corcovado, Magallanes o el Archipiélago de Humboldt. Aseguró que defender a las ballenas significa, en realidad, defender la salud del océano en su conjunto, dado que su desaparición podría desencadenar desequilibrios ecológicos de gran escala.

Proteger los mares requiere medidas concretas y sostenidas

Desde Greenpeace Chile señalan que, para reducir las muertes de ballenas por colisiones, es fundamental rediseñar las rutas marítimas en las zonas donde se concentran sus pasos migratorios. También sugieren limitar la velocidad de las embarcaciones en esos corredores y establecer áreas de exclusión para ciertas actividades industriales. Todo esto debe acompañarse con sistemas de monitoreo y fiscalización adecuados.

La situación actual pone en evidencia que el liderazgo ambiental no puede sostenerse solo con discursos o firmas en acuerdos internacionales. Se requiere una transformación profunda que combine voluntad política, conocimiento científico y participación ciudadana. Chile tiene una oportunidad única para traducir su protagonismo global en acciones concretas. Pero eso implica tomar decisiones que incomoden a ciertos sectores económicos.

En definitiva, proteger a las ballenas no es un gesto simbólico. Es un acto de responsabilidad ambiental que compromete el futuro del planeta. Y cada colisión que podría evitarse, pero no se evita, es una oportunidad perdida de honrar ese compromiso.