
Los plásticos no solo están en las bolsas del supermercado o flotando como residuos visibles en la costa: tal cual han denunciado las organizaciones ambientalistas, como Greenpeace, también se han fragmentado en partículas tan pequeñas que escapan a la vista, pero no al daño. Están en el aire que respiramos, en los tejidos de nuestro cuerpo, en la comida que comemos. Y, como reveló recientemente una investigación internacional, también están en enormes cantidades en el Atlántico Norte, disueltos en su agua como una sopa invisible. Lo inquietante es que, hasta ahora, nadie los había cuantificado.
Se trata de los nanoplásticos, partículas de menos de 0,001 milímetros de diámetro que resultan del progresivo desarme del plástico convencional. Lo nuevo es que un grupo de científicos, a bordo de un buque de investigación neerlandés, logró medir con precisión cuánto de este material está presente en distintos puntos del océano. Y el resultado es contundente: hay millones de toneladas que no estaban en los registros previos. El mar está mucho más contaminado de lo que pensábamos.
En busca de lo invisible
La medición se realizó durante una travesía científica desarrollada en 2020. El escenario fue el Atlántico Norte, desde las islas Azores hasta la plataforma continental cercana a Europa. A bordo del buque RV Pelagia, propiedad del Instituto Real Neerlandés para la Investigación Marina (NIOZ), el equipo compuesto por investigadores alemanes y neerlandeses trazó un recorrido de cuatro semanas en busca de estos fragmentos microscópicos.
La misión estuvo liderada por el Centro Helmholtz para la Investigación Ambiental (UFZ), en Alemania, junto con la Universidad de Utrecht. En doce puntos del océano, a diferentes profundidades, tomaron muestras de agua. Los investigadores se enfocaron en tres franjas verticales: la capa superficial (unos diez metros de profundidad), la capa media (alrededor de mil metros), y un estrato cercano al fondo marino (unos treinta metros por encima del lecho).
Según explicó el químico Dušan Materić, autor principal del trabajo, con esos puntos fue posible trazar un mapa tridimensional de cómo se distribuyen los nanoplásticos en la columna de agua. Y lo que encontraron fue alarmante.

Contaminación en todos los niveles y zonas costeras más afectadas
Los nanoplásticos estaban presentes en cada una de las doce ubicaciones analizadas, tanto en la superficie como en el fondo. No solo se hallaron en todas las profundidades, sino que lo hicieron en concentraciones tan altas que ya no pueden ser ignoradas al momento de evaluar el impacto ecológico del plástico.
Los números son claros: a diez metros de profundidad, el promedio de nanoplásticos era de 18,1 miligramos por cada metro cúbico de agua. En las muestras más profundas, la media bajaba a 5,5 miligramos. Pero en las zonas cercanas a las costas europeas, la concentración era incluso más alta: 25 miligramos por metro cúbico.
Esa distribución no fue homogénea, pero el patrón que se repite es el aumento de concentración cuanto más cerca se está de tierra firme y más superficial es la capa de agua. Esta tendencia podría indicar que el origen de buena parte de esa contaminación está vinculado a las actividades humanas en los continentes.
Más nanoplásticos de lo que creíamos y una paradoja resuelta
Con los datos recopilados, el equipo estimó que solo en los diez metros superiores del Atlántico Norte hay aproximadamente 27 millones de toneladas de nanoplásticos. Esa cifra es la misma que se manejaba, hasta ahora, como cálculo total de plásticos flotando en todos los océanos del mundo. Es decir, una sola franja del Atlántico contiene lo que se creía que existía a nivel global.
El investigador Helge Niemann, de la Universidad de Utrecht, fue enfático al señalar que hay más nanoplásticos en esa parte del océano que microplásticos o macroplásticos combinados en el resto del planeta. Su compañera de expedición, Sophie Ten Hietbrink, también expresó su sorpresa: reconoció que esa cantidad inesperada podría explicar un misterio que desconcertaba a la comunidad científica desde hace tiempo.
Ese enigma es conocido como la “paradoja del plástico perdido”. A lo largo de los años, los cálculos sobre cuánto plástico se había producido no coincidían con la cantidad que se podía hallar en los registros y muestras del ambiente. Ahora, la hipótesis de que buena parte de ese plástico se fragmentó hasta volverse casi indetectable empieza a tener sentido.

Una amenaza silenciosa que llega al cerebro humano
Materić recordó que hace apenas unos años muchos investigadores se preguntaban si los nanoplásticos existían realmente en el medio natural. Algunos incluso sostenían que era termodinámicamente improbable que se formaran de manera estable, ya que su fragmentación requería altos niveles de energía. Sin embargo, lo que muestran estos datos es que existen, que son estables y que están presentes en cantidades similares —en términos de masa total— a los micro y macroplásticos.
Las consecuencias aún están siendo estudiadas, pero hay señales de que estos diminutos residuos pueden atravesar barreras biológicas. Niemann, también vinculado al Instituto NIOZ, subrayó que ya se han detectado nanoplásticos en tejidos cerebrales. Si estas partículas logran acceder al sistema nervioso central de los seres humanos, es razonable pensar que también afectan a organismos marinos de todos los tamaños, desde microorganismos hasta peces y mamíferos.
El daño potencial, entonces, es tanto ecológico como sanitario. Aunque queda mucho por investigar, lo que resulta evidente es que este tipo de contaminación es mucho más extendida de lo que se pensaba. Y eso plantea un desafío urgente para los científicos, los responsables de políticas ambientales y la sociedad en general.
Lo que no se ve también contamina
El estudio cambia por completo la percepción que se tenía sobre la contaminación plástica en los océanos. Ya no se trata solo de las botellas que flotan, las redes de pesca abandonadas o los microplásticos atrapados en el estómago de una ballena. La amenaza está también en lo que no se ve, pero está en todas partes: en las gotas del agua marina, en los peces que comemos, en el aire costero que respiramos.
La investigación no solo pone en evidencia la escala del problema, sino que obliga a replantear los métodos de monitoreo, los cálculos de riesgo y, sobre todo, la urgencia de actuar. Mientras el plástico siga llegando al mar, seguirá fragmentándose. Y lo que ayer era una bolsa, mañana será un residuo tan pequeño como inabarcable.
