
Las tortugas marinas han logrado sobrevivir a cataclismos que aniquilaron a especies enteras, incluidos los dinosaurios. Su historia es una prueba viviente de la resistencia de la vida frente a las adversidades. Sin embargo, el siglo XXI parece haber puesto sobre ellas un nuevo tipo de amenaza: una silenciosa, constante y generada por nosotros. Los océanos que solían ser su refugio ahora se han convertido en un campo minado de plástico y alteraciones climáticas que las empujan, una vez más, al borde de la extinción.
Los mares ya no son un hogar seguro para las tortugas marinas
En el mundo existen siete especies de tortugas marinas. De ellas, cinco habitan en las costas colombianas. Pero esa presencia, lejos de ser garantía de protección, implica una enorme responsabilidad. La contaminación por plásticos y el calentamiento global están modificando las condiciones del mar a un ritmo que estos animales no pueden enfrentar. En sus cuerpos, diseñados para migrar miles de kilómetros, hoy se acumulan desechos humanos que antes no existían. El Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF) ha advertido que estos reptiles cumplen funciones clave en el equilibrio de ecosistemas marinos. Aun así, su supervivencia se ve cada vez más comprometida.
El plástico que flota en el mar también llena sus estómagos
Una de cada tres tortugas marinas muere por consumir plástico, según distintos relevamientos científicos. Lo confunden con alimento, sobre todo con medusas. La bolsa de supermercado desechada en tierra termina, a través de lluvias o alcantarillas, en el estómago de estos animales. Allí permanece hasta provocar inanición. El plástico no se degrada: se fragmenta en partículas tan pequeñas como invisibles, pero igual de peligrosas. Se han registrado hasta 8 mil microplásticos por metro cuadrado en playas del Pacífico y el Caribe. Mientras tanto, la producción global de plásticos de un solo uso sigue creciendo, y los sistemas de reciclaje no logran seguirle el paso.

Una ley necesaria, pero que aún debe hacerse valer
Colombia aprobó en 2022 una legislación que prohibía una serie de productos plásticos de un solo uso. Pitillos, mezcladores, bolsas y empaques debían quedar fuera del mercado desde mediados de 2024. La Ley 2232 planteó un horizonte ambicioso: eliminar esos productos por completo para 2030. Pero esa norma necesita algo más que voluntad escrita. Requiere control estatal, educación pública y alternativas sostenibles. Greenpeace Colombia ha señalado que sin estos elementos, los océanos seguirán recibiendo toneladas de plástico, y las tortugas, como tantos otros animales marinos, continuarán pagando el precio con sus vidas.
El cambio climático desordena su reproducción y destruye sus nidos
El calentamiento global no solo derrite glaciares: también calienta la arena. Y en las tortugas marinas, el sexo de las crías se define por la temperatura del nido. Con más calor, nacen más hembras. Con frío, predominan los machos. Este delicado equilibrio está empezando a romperse. WWF ha explicado que los cambios en el clima afectan la proporción de sexos en las poblaciones de tortugas, alterando su estabilidad futura. A esto se suma el aumento del nivel del mar, que borra playas enteras. Las tormentas más frecuentes, impulsadas por un clima descontrolado, arrasan nidos. Y los pastos submarinos que necesitan para alimentarse están desapareciendo o desplazándose.

Una lucha por el océano que es también una lucha por la vida
Greenpeace Colombia trabaja a escala nacional e internacional para revertir esta amenaza. La organización impulsa dos demandas concretas: la aprobación de un Tratado Global sobre los Plásticos, con fuerza legal y capacidad de frenar la producción excesiva de residuos, y la creación de santuarios marinos bajo el marco del Tratado Global de los Océanos. Estos espacios protegidos podrían ser zonas donde la vida marina tenga una oportunidad real de recuperarse, libres de la presión humana. En un mundo donde cada día más especies desaparecen, las tortugas necesitan algo más que homenajes simbólicos. Requieren un entorno donde lo natural no sea una excepción, sino la regla.
El 16 de junio se conmemoró el Día Internacional de las Tortugas Marinas. Pero no se trata solo de recordar a estas criaturas prehistóricas. Es una fecha para preguntarnos si vamos a permitir que desaparezcan por una negligencia que sí tiene responsables. Las bolsas que flotan en el océano, el calor que altera sus ciclos, la pérdida de playas y arrecifes: todo eso no es inevitable. Es el resultado de decisiones que todavía pueden cambiar. Colombia, con su biodiversidad y sus leyes, tiene el poder de marcar una diferencia. Pero ese poder solo sirve si se usa. Las tortugas han estado aquí mucho antes que nosotros.
